Toda gran banda de rock tiene un mito fundacional. Los mejores empiezan con las futuras estrellas creando un vínculo cuando todavía son chavales: John Lennon, de dieciséis años, conociendo a Paul McCartney, de quince, en una fiesta parroquial al aire libre en Liverpool. Keith Richards (17) viendo a su amigo de la infancia Mick Jagger (18), que llevaba dos discos importados de Chess, en el andén 2 de la estación de tren de Dartford. Los compañeros de colegio Pete Townshend y John Entwistle siendo reclutados para el grupo de R&B de Roger Daltrey, el chico más guay del curso superior en la Acton County Grammar School.
Las grandes bandas de rock son pandillas de adolescentes que permanecen unidas, desafiando la presión de hacerse mayores y sentar la cabeza. Mientras sus miembros se mantengan leales entre sí, dice el mito, pueden desafiar al paso del tiempo como los Niños Perdidos de Peter Pan.
Este es el mito fundacional de U2.
“Batería busca músicos para formar una banda”
Al comienzo del trimestre de otoño de 1976, Larry Mullen Jr., de 14 años, colgó un anuncio en el tablón de Mount Temple Comprehensive School, en el norte de Dublín. La nota decía que Mullen, batería, buscaba a otros aspirantes a músicos para formar una banda.
Entre los adolescentes que aparecieron en la cocina de Mullen el 25 de septiembre de 1976 estaban Dave Evans (15), que tocaba la guitarra; Adam Clayton (16), que tenía un bajo; y Paul Hewson (16), que decía tocar la guitarra, aunque no fue capaz de demostrarlo. Los adolescentes reunidos intentaron tocar juntos y armaron el tipo de estrépito que hacen los chavales cuando prueban por primera vez a hacer música con otras personas.
Pero, en aquella cacofonía -y en la alegría de hacer mucho ruido-, algunos de los chicos de la habitación oyeron algo majestuoso, algo más grande que el sonido que cualquiera de ellos podía crear por sí solo. Puede que sea un tópico decir que oyeron su futuro, pero es verdad. Lo que los cuatro chicos que formarían U2 oyeron en aquel estruendo desafinado fue posibilidad.
Larry, Adam y los dos que pronto adoptarían los nombres de Bono y The Edge hirieron algunos sentimientos cuando se desprendieron de los músicos de más que habían respondido al anuncio de Larry, pero tenían una misión. La banda que estaban creando sería el centro de sus vidas.
Eran los profesores de música unos de otros. No eran lo bastante buenos tocando versiones, así que escribieron sus propias canciones, construidas para poner en primer plano sus puntos fuertes y disimular sus debilidades.
Tocaban en su colegio, en conciertos benéficos de recaudación de fondos, en interiores y al aire libre, en cualquier sitio que los aceptara. Los acordes de guitarra con eco de The Edge quedaban anclados a tierra por la batería firme y marcial de Larry. El bajo de Adam se elevaba y retumbaba. Desarrolló una forma suelta de tocar que llenaba el espacio entre el brillo resonante de The Edge y los golpes contundentes de Larry.
Bono, extrovertido, escribía letras y a menudo melodías para las composiciones improvisadas. Y, además, vendía la banda al público con sus apasionadas actuaciones. Antes incluso de haber desarrollado su voz como cantante, Bono ya tenía las cualidades esenciales de un frontman de rock and roll: energía, exhibicionismo y la capacidad de proyectar una confianza absoluta en sí mismo, incluso cuando todo se estaba viniendo abajo.
U2 tenía carisma. Desde el principio era evidente que aspiraban a algo grande. En sus primeros tiempos, U2 miraba a otras bandas de su nivel o un poco por encima -bandas con guitarristas veloces, bajistas virtuosos y dos bombos de fibra de vidrio- y decía: “Ellos lo tienen todo menos ESO”, seguido del remate: “Nosotros no tenemos NADA MÁS QUE eso”.
Entre el otoño de 1976 y el otoño de 1980, U2 avanzó hacia sus objetivos. Trabajaron duro, mejoraron como músicos, ganaron un concurso de talentos irlandés, hicieron algunas grabaciones -incluido un single para CBS que no tuvo éxito- y conocieron a Paul McGuinness, que se convertiría en su mánager y protegería sus intereses desde 1978 hasta 2013.
McGuinness negoció un contrato para U2 con Island Records, el sello de Chris Blackwell. Su primer álbum se tituló ‘Boy’ y se publicó a comienzos de 1980. ‘I Will Follow’, una canción de aquel disco, sonó mucho en las emisoras universitarias de Norteamérica y fue un éxito underground en Europa. Los vídeos de U2 de ‘New Year’s Day’ y ‘Sunday Bloody Sunday’ tuvieron una gran presencia en el nuevo canal MTV.
Los directos de U2 eran explosivos e inspiradores. Sus conciertos convertían a los escépticos. En un momento en que la pasión del punk rock estaba siendo sustituida por un pop new wave más ligero, U2 enarboló la bandera de una música combativa, una música con conciencia: canciones sobre cuestiones sociales, pero también canciones ambientadas en el campo de batalla del corazón humano. U2 hacía música grande, incluso cuando susurraba.
Ahora estamos en 2026 y U2 cumple cincuenta años, mientras termina un nuevo álbum -previsto para publicarse a finales de este año- y prepara una gira. Los cuatro adolescentes que empezaron a tocar juntos en la cocina del batería son hoy hombres de mundo, ya en la sesentena. No tienen ningún motivo económico para seguir juntos, ninguna razón objetiva para que cada uno someta su ego al juicio del colectivo. No pueden ser más famosos. Entonces, ¿por qué seguir? Tal vez U2 siga unido porque la combinación de sus talentos y personalidades continúa llevándolos a lugares nuevos. Tal vez, cuando Bono, The Edge, Adam y Larry entran en una habitación y tocan juntos, todavía puedan sorprenderse unos a otros. Tal vez sigan intentando encontrar la canción que oyeron resonar dentro de aquel torbellino.
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NUEVO TEMA ‘SILENCIO’
